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Un Plan para el Futuro



La atención del país en estos días está centrada en la resolución de la situación de los bonistas que no entraron a los canjes de deuda de los años 2005 y 2010. No es una cuestión menor. Es un tema que debe resolverse del mejor modo posible, para finalizar un proceso que ha traído numerosos problemas económicos y financieros.


La firma del acuerdo permitiría volver a conseguir financiamiento del exterior a tasas similares a las que pagan otros países de la región, de alrededor de la mitad de lo que paga actualmente la Argentina. 


Lo que se postula desde el bloque legislativo del oficialismo y sus aliados es que con este acuerdo aprobado por el Congreso se podría obtener financiamiento internacional a tasas de interés muy bajas, que permitirían financiar un plan de obras públicas de gran envergadura para retomar el crecimiento de la economía. También, se sostiene que, con este tema ya resuelto se iniciaría un proceso de inversiones privadas desde el exterior, lo que permitiría aumentar la producción y la competitividad de la economía.


No puede dejar de señalarse que más allá de la lógica en ese postulado, el mismo expresa una posibilidad, y que nada garantiza que necesariamente tenga que cumplirse. La firma del acuerdo con estos bonistas no es un fin, sino un medio. Lo central es que se hará a partir de allí.


El endeudamiento externo no finaliza con el pago a los bonistas que se mantuvieron fuera del canje. Los principales analistas económicos ya han adelantado que se espera emitir para 2016 nueva deuda por entre 20.000 y 30.000 millones de dólares. Y aunque no lo han mencionado explícitamente, nada hace suponer que esa situación fuera a cambiar en 2017. En este sentido, los 12.000 millones del presente acuerdo son sólo una parte de un proceso de toma de deuda mayor. Más allá de ello, no debería dejar de analizarse con detenimiento de qué manera se van a pagar en el futuro los intereses y el capital de esa nueva deuda contraída y si la misma puede llegar a comprometer el crecimiento de la economía de los próximos años.


Lamentablemente, nuestra historia nos ha mostrado sobradamente que más tarde o más temprano y más allá de las intenciones y los objetivos, las deudas hay que pagarlas. Y que los pagos de intereses y de capital desplazan necesariamente gasto público: inversiones de infraestructura o programas sociales que deben pararse y que impulsaban la demanda agregada. En particular, si se trata de deuda exterior, el flujo de divisas que se desembolsa, sale del país, y por ello sale del circuito financiero y productivo nacional, cortando de este modo su capacidad de estimular e impulsar la economía local.


Volviendo a lo principal, más allá del tema deuda, la atención principal y el centro del debate debería estar en cómo se logra que la economía argentina alcance su desarrollo. Esto implica mantener una tasa de crecimiento elevada e ininterrumpida durante una serie prolongada de tiempo, lograr una tasa de inversión elevada financiada principalmente con ahorro nacional y conseguir un crecimiento de las exportaciones de bienes y servicios que provea divisas suficientes para asegurar las necesidades de la economía. 


En términos de objetivos, la meta central de la política económica debería ser promover el desarrollo de todo el territorio nacional (especialmente de las regiones más atrasadas), promover el pleno empleo, reemplazar el empleo de baja calidad por empleo más productivo y lograr que el nivel de ingresos crezca permanentemente hasta alcanzar el nivel de los países desarrollados.


La restricción externa no se resuelve con deuda, sino haciendo crecer las exportaciones, logrando superávits continuos de balanza de pagos. El crecimiento de la producción y del ingreso deben ir de la mano con el aumento de las exportaciones, porque cuando el producto y el ingreso crecen, se consumen cada vez más productos y servicios de más valor agregado (bienes y servicios de mayor contenido tecnológico, viajes, etc.) que requieren de un excedente en el balance de pagos para contar con las divisas necesarias para solventar el nuevo nivel de consumo de fondos externos.


Para alcanzar estos objetivos centrales se debe contar con un plan que indique cuáles serán los sectores económicos que se convertirán en el motor de la economía a largo plazo.


Es cierto que en determinadas situaciones (como la actual) la atención general se concentra en la resolución de problemas puntuales muy importantes. Pero estos temas deben estar insertos dentro de una estrategia más amplia. De no plantearse la cuestión de ese modo, se corre el riesgo que al cabo de los años se haya desatendido el objetivo principal, que es el desarrollo del país, como ya nos ha sucedido en el último medio siglo.


Todavía no se ha mostrado un plan para el crecimiento para el conjunto de la economía, ni se ha planteado un plan de exportaciones para proveer las divisas que la economía va a necesitar en los próximos años.


Tal vez es muy pronto para demandarle esas precisiones al nuevo gobierno, que sólo lleva 100 días de gestión. Pero deberían empezar a dar señales claras a los referentes económicos sobre cuál es el plan para el futuro.


La deuda debería formar parte de una estrategia más amplia, basada en la producción, en el empleo, en el ahorro, en la inversión y en las exportaciones. Ese es el único modo genuino de que un país, aún realizando un gran esfuerzo, pueda desarrollarse.


Consejo Directivo


Buenos Aires, 31 de marzo de 2016




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